Querer ser famoso está bien considerado.
Vistos los especimenes con que constantemente nos bombardean los medios de comunicación no podría ser de otra manera.
Querer ser famoso es una opción de futuro.
Si tal o cual sujeto ha accedido a dicho estatus por el mero hecho de “haber estado casado con…” o “haber practicado una felación a…” o “haber ganado un proto-concurso amañado de…” todo mamífero y bípedo –no se requiere ser totalmente humano- está por derecho y condiciones legitimado a intentarlo.
Ser famoso es la profesión mejor remunerada.
Percibir miles de euros/dólares por vituperar a X y ciscarse sobre Y, por obsequiar al orbe con desafinados gorgoritos, por mostrar la última adquisición quirúrgico-estética o por airear las desgracias familiares, no tiene parangón con actividad laboral alguna.
La combinación de todo ello es de una rotunda perfección.
Con escaso o nulo bagaje, obtén píngües beneficios por hacer menos que nada y agenciar ventajas de casi todo.
Nada nuevo bajo el Sol.
Como casi todo lo que se critica hoy en día, el “Dame fama y dime tonto” viene de tiempos pretéritos. Y como casi siempre, la mayor aportación de nuestros días ha sido meramente cuantitativa. Precisamente lo que produce más hartazgo y hastío.
Al margen de moralinas sobre los mensajes que puedan inferirse de todo ello, lo que me resulta más curioso es la creciente concepción de que la fama, es algo al alcance de casi todos. Y por ende, un derecho.
La democratización orteguiana que se ha producido con dicho vocablo, no deja de ser otro negocio que “los de siempre” han montado a costa “del resto”. Un nuevo “Neo” que el “Arquitecto” pone a disposición de “Matrix”.
Un puente cuyo paso elevado sobre el esfuerzo, los sinsabores, la constancia, el ingenio, etc. Nos conducirá a lo que en teoría está reservado a los que cultivan todo aquello.
Un atajo, una vía rápida y directa al fin sin tener que sufrir los medios.
Voluntarios no van a faltar. Al ingénito impulso de querer destacar coadyuvan una serie de factores como el temor al anonimato, la globalización de valores, la disolución de especificidades, el miedo a “ser uno más” y no saber qué se és.
Alcanzar la fama mediante la forma y el medio que sea, es presentado como la solución global a todo ello. Sé famoso y serás.
Es la antítesis de la democratización. Lo que en primera instancia permite a una mayoría alcanzar un estatus, se convierte en vulgar e indeseable por ello. Luchamos por englobarnos dentro de una masa. Para luego intentar por todos los medios destacarnos –salir- de ella.
El problema, como siempre, va a ser nuestro.
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